A Juanjo, por franquearme el paso
A Juanjo me lo encontré a media mañana de otro lunes que había empezado con mucho de morriña y el sueño habitual.El estaba con sus compañeros, que defendían a gritos y pancartas sus empleos por los que se han levantado cada mañana al salir el sol. Juanjo ha estado trabajando en SAS durante los últimos once años.
Juanjo vive en Hospitalet, eso es lo que me dijo, pero para ganarse el pan ha tenido que ir cada día hasta Abrera, a montar los copkits de los modelos que produce SEAT en la planta de Martorell. SAS es un proveedor de SEAT desde mediados de los noventa.
Me cuenta Juanjo que durante todo este tiempo han conseguido unas condiciones laborales y salariales dignas. Hace más de dos semanas, a el y a los casi 300 trabajadores de la plantilla de la empresa les dieron una carta con la que se rompían esfuerzos, il.lusiones y posibles sueños de futuro.
SAS cerraba. SEAT había decidido rechazar las ofertas de la empresa para el montaje de los tablieres de los nuevos modelos del IBIZA. Un golpe para la empresa, pero peor serà el porrazo para los trabajadores. Juanjo y sus compañeros se encuentran de la noche a la mañana con los pies en la calle.
Los trabajadores no acatan la decisión y deciden luchar por sus puestos de trabajo. Hay que pagar las hipotecas y los recibos que siguen llegando cada mes.
Juanjo es uno más.
En la manifestación de ayer estaba algo apartado de los otros, no gritaba, tampoco aguantaba las pancartas. Parecía resignado. Me cuenta que durante algún tiempo estuvo en el comité de empresa. Pero acabó largandose desilusionado. También parece desencantado ahora. De hecho ya no tiene confianza en nada. Ve el futuro oscuro, casi negro. Y con la indemnización que le propone la empresa no tiene ni para empezar. Les dan 20 días por año trabajado, "lo mínimo legal" me dice.
La empresa asegura que con la pèrdida de los contratos de SEAT, no hay manera de tirar para adelante. Los trabajadores piden que se les enseñen los números para demostrarlo.
Juanjo me cuenta que las condiciones de la plantilla de SAS eran un mal ejemplo para los demás proveedores y la misma plantilla de SEAT. Y aún más ahora, cuando se tiene que empezar a negociar el nuevo convenio colectivo de la fàbrica automobilística.
Juanjo no es alto, y habla con un tono de voz tranquilo y relajado, algo anormal cuando vive en un mundo donde lo más habitual es la velocidad, el nerviosismo y la intranquilidad.
A Juanjo me lo encuentro por casualidad. Yo estoy por allí grabando, tirando algunos planos: generales, detalles. Y de pronto, suave, com su voz, se me cruza en mi vida y yo en la suya. Le pregunto por si hay por allí algunos trabajadores que vivan en Hospitalet. Me paga la tele de allí, así que el tema tiene que tener un enfoque local. Y, casualidades de esta vida, Juanjo me dice que el es de l'Hospitalet.
Pacto con el unas preguntillas, trinco el trípode, encalzo la cámara, regulo el encuadre y le meto el micro a medio palmo de la boca.
Juanjo me cuenta sus situaciones: las pasadas, las presentes y las futuras. Me abre las puertas a lo que ha sido, es y lo que cree que será su vida. Me dice que está convencido que ya nunca más volverá a trabajar en el sector. Me cuelo por una rendija en su vida. Acabamos la entrevista y el me lleva de la mano por entre los trabajadores de SAS. Ellos si que gritan. Confian en que sus protestas cambien la decisión de la cúpula directiva. Juanjo se lo mira distanciado. Parece que el no confía ni en los gritos ni en las promesas de lucha de los representantes sindicales. Es mi percepción, el no me lo dice.
Continua la mañana en la calle, delante de la sede territorial del Departamento de Industria de la Generalitat. Trabajadores y periodistas esperamos el final de la primera reunión entre representantes sindicales y la empresa para empezar a negociar el ERO, o lo que es lo mismo, un Expediente de Regulación de Empleo. En traducción libre: una patada en los huevos para 210 personas.
Dentro de un edifició gris com la vida de un burócrata, se decide el futuro de los que estan aquí, detrás de la pancarta, y de los que se han quedado en la fábrica para evitar el cierre definitivo.
Y de pronto, ocurre todo. Salen los representantes del comité de empresa. Ponemos los micros y las cámaras para conocer lo que todos los que estábamos allí ya sabíamos de antemano.
Con las prisas y la movida que conlleva todo esto, pierdo de vista a Juanjo. Ya no lo veré más. Yo tengo que volver a Hospitalet para montar mi pieza. El vuelve a casa, seguramente en metro, como me contó que había venido.
Yo me vuelvo con prisas, quizás en el mismo metro que el, redactando mentalmente una crònica. Juanjo se queda con sus quebraderos de cabeza y sus ilusiones truncadas.
He entrado en su vida, he recogido lo que me ha ofrecido y me he marchado sin ni siquiera decirle adiós. Me siento un buitre, un carroñero, un bárbaro en plena razzia. Si eso es periodismo, que paren este tren que yo me bajo.
Gracias Juanjo... Y que tengas suerte, aunque ya no creas en ella.



