miércoles, noviembre 29, 2006

Los Broertjes

Marion
Texel. Noviembre, 2006.



Peter.
Castricum. Noviembre, 2006.



Jet, Geert y Tess
Castricum. Noviembre, 2006.

Permitidme que os presente a la família Broertjes. Ellos me dieron cobijo durante nueve días, me pusieron un plato en la mesa cada noche, me ofrecieron cama, me enseñaron los diques del norte, me hicieron observar desde otra perspectiva el paisaje holandés.
De ellos aprendí que se puede haber cenado a las seis de la tarde y tener luego toda una noche de la que disfrutar, con ellos hice un viaje musical a los sesenta y además me enseñaron que ser ciclista en Holanda no tiene por qué ser un deporte de riesgo ni un billete seguro al cementerio.
Con ellos supe que las flores són un negocio aquí y allí. Los Broedjes me enseñaron que se puede coger al vuelo una conversación aunque no se tenga ni la más mínima idea de holandés y uno sea un simple español errante por tierras holandesas.
Ellos me dieron el tiempo que necesitaba para caminar solo por esas calles y rincones de Amsterdam por las que uno se puede perder y no regresar nunca. Los cinco me aguantaron mis interminables y agotadoras deliveraciones en un inglés más que discutible, cerveza mediante. Ellos me ganaron y se dejaron ganar al Yatzhe, con ellos aprendí que una mañana que se levanta gris aún se puede convertir en un buen día.
Ellos me enseñaron el encanto nocturno de un país que va más allá de los quesos, los zuecos y los CoffeShop. Ellos me mostraron la belleza en miniatura de una ciudad como Haarlem. Gracias a ellos recuperé el significado de las palabras calma y serenidad. Con ellos descubrí el placer de tomar una Palm a media tarde, cuando uno llega a casa con los pies derrotados y medio congelados después de toda un día de caminar por esos caminos interiores que nunca salen en los mapas. Eso si, sí es viernes, acompañemos la cerveza con un buen arenque crudo.
Ellos son los Broertjes, mi familia holandesa. A Peter, a Marion, a Jet, a Geert y a Tess, a los cinco gracias por esos nueve días que me regalaron lejos de un mundo en el que quizás había demasiado ruido y pocas nueces.